EL VIAJE DE DOS GUISANTES QUE VIENEN A CENAR
Dos guisantes lloran sobre la mesa de la cocina. Escondidos dentro de la vaina sienten miedo de desprenderse del ombligo que los ata a la tierra, sufren la angustia de sentirse perdidos y, en un acto de clemencia, hiero con mi uña su vientre, los empujo levemente y resbalan hasta el infinito de la cazuela. Sé que esta noche no he invitado a cenar a las legumbres más desprendidas, pero las columpio encima del tenedor y se las ofrezco a mi padre como testimonio de un afecto que se escurre entre mis manos, el pan y sus dientes. Rompiendo el hilo invisible que une sus hueso roídos y quebradizos al somier de su cama, me suplica un último viaje que lo encierre junto a ellos dentro del frigorífico, dónde el dolor se congela y se pierde la memoria.
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